lunes, julio 20, 2009

A Dios pongo por testigo

Desde que decidí que ya estaba bien, que no aguantaba más, desde que decidí que es mejor morir matando, que es mejor vivir viviendo, desde que decidí que ahí os quedáis, que me voy por el mundo a disfrutar de lo poco que tengo, desde que decidí que qué pasa si vuelvo y no hay nada, que qué pasa si no vuelvo; he tenido un millón de veces la misma conversación.

Ya nadie me habla de otra cosa. Que por qué lo hago, que si no me da miedo, que qué pasa con el trabajo, que si te admiro, que si qué huevos, que si ay que tu no vuelves, que si joder, qué suerte tienes. Y yo me escucho hablando de la puta rutina, de la perra inercia que te arrastra a seguir igual, siempre igual, de tirar palante sin mirar atrás, de por qué coño malgastas la vida haciendo algo que no te gusta. Y me escucho hablando en serio, constantemente en serio. Y a mi no me gusta hablar en serio. Odio hablar en serio. Prefiero que me extirpen las cuerdas vocales a hablar en serio. Yo amo las chorradas. Vivo para las chorradas. Soy una chorrada.

Menos mal que el pasado sábado, para qué están los amigos, Guti y Susana, no los busquen, éstos no son sus verdaderos nombres, al calor de unas copas de pacharán, me revelaron un secreto que acabará de un plumazo con mi conversaciones serias.  Que retornará mi vida a la senda chorra, de la que nunca debió salir.

Jesús Gil está vivo. Pero no como Elvis o Marilyn, no. Vivo, vivo. La noticia de su muerte no fue más que una mascarada para sortear sus problemas con la justicia. Se conoce de buena tinta que ahora está establecido en un país centroamericano, viviendo de las rentas, criando caballos y bañándose en un jacuzzi con señoritas de buen ver.

Así que si me encuentran no me pregunten por qué me voy de viaje, si no me da miedo perder lo que tengo, si no temo volver y tener que vivir de nuevo al trote cochinero. No me digan que me admiran, que me tienen envidia, que se cagan en mi puta madre. Todo hombre tiene una misión en la vida y la mía es encontrar a Jesús Gil allí donde esté. Encontrarlo y decirle que su secreto está a salvo conmigo. Y montar con él a un hijo de Imperioso. Y bañarme con él y sus amigas en un jacuzzi con vistas al Caribe. Y yo que no soy muy de jurar, juro, JURO, que lo encontraré. Y que se extingan las chorradas para siempre si no lo logro.

lunes, julio 13, 2009

Gritos

CC: lluisgerard.com

Estirado en la cama, contando las grietas del techo, un rato después de rendirme al insomnio.El programa deportivo nocturno inventa falsos fichajes para rellenar las dos horas que religiosamente emite cada día. Tertulianos de oficio desconocido se enzarzan con que si Villa es mejor que Eto'o, o con que si Eto'o es mejor que Villa y mientras, pienso que si cobrara lo que Villa o lo que Eto'o, o el triple que lo que Villa o lo que Eto'o, tampoco arreglaría las grietas y grietitas de mi techo. Colándose entre la refriega me parece oír unos gritos, unos gritos que entran por mi ventana abierta de par en par, por mi ventana acondicionada que sólo me ofrece aire caliente y gritos, casi siempre gritos y aire caliente.

Procuro olvidarme de que oigo gritos, gritos de hombre y gritos de mujer, gritos de enfado, de pelea. Gritos de odio. Los cambios de postura, las vueltas en la cama, no borran lo gritos. Taparme los oídos no borra los gritos. No oír los gritos no borra los gritos. Todo es gritos.

Me acerco a la ventana y me asomo. Desde allí los gritos son más gritos, más de enfado, más de pelea. Gritos más de odio. Desde allí los gritos son más que gritos. Desde allí a veces se adivinan palabras, palabras entre los gritos, por qué, por qué, no, perdona, por qué, por favor, gritos. Todo proviene de una ventana, la única iluminada, la única con vida entre ventanas acondicionadas, que sólo ofrecen aire caliente y gritos.

Procuro olvidarme de los gritos. Miro al teléfono y me pregunto si llamar. Llamar a alguien que venga a sofocar los gritos, llamar a alguien antes de que los gritos los sofoquen quienes gritan, y ya nunca más hayan gritos, y ya siempre más sólo hayan gritos.

Oigo un golpe seco y cesan los gritos. Miro mis grietas, esas mis grietas donde agarrarme y en mi estómago empiezan nuevos gritos, mucho más profundos, mucho más desesperados, mucho más gritos.

Me asomo a la ventana. Ya no hay luz en la ventana. Recostado en el quicio hay un hombre que fuma en silencio. Lo miro y lo escucho. Nunca había sentido un silencio tan escandaloso. Nunca había sentido un silencio tan exasperante. Nunca había sentido un silencio tan doloroso.

Miro al teléfono. Los gritos de mi estómago, los gritos de mi hígado, mis gritos, son desgarradores, los más desgarradores. Ruego a mis grietas que mañana por la noche ,por mi ventana acondicionada que sólo me ofrece aire caliente y gritos, se cuelen de nuevo gritos. Gritos, gritos, gritos. Siempre gritos.

jueves, junio 25, 2009

Sueño de una noche de verano

Estirado en la cama, contando las grietas del techo, un rato después de rendirme al insomnio. La ventana abierta de par en par, hace calor y eso del aire acondicionado, al igual que la calefacción, no va conmigo.

Cuando voy por la grieta cuarenta, en realidad gordas, gordas sólo hay cinco, pero grietitas pequeñas hay muchas más, cualquier día me pasa como a Astérix y el cielo cae sobre mi cabeza; cuando voy por la grietita cuarenta, decía, empiezo a oír en el patio interior al que da mi dormitorio la conversación de unos cuantos chavalotes, que discuten sobre por qué Sonia no hace caso a Marc. Y eso que el tío lo ha intentado todo, miraditas sugerentes, rosa en Sant Jordi, invitaciones a cenar, siempre rechazadas. Parece que es consenso entre los tertulianos que el problema de Marc es que es demasiado clásico, que a las tías de hoy en día les va la caña, que les ataques de frente y con toda la artillería. Total, que el pobre Marc está pecando de tímido porque todo el mundo sabe que a Sonia le va la marcha y que se ha pasado por la piedra a tíos mucho más feos, más antipáticos y con la polla más pequeña que él.

El sanedrín se enfrasca en el diseño de un detallado plan de ataque en la fiesta de final de curso de la universidad. Lo primero es un atuendo estudiadamente informal, de los de vale, esto es un fiesta, pero a mi no me hace falta vestirme de fiesta para ser el chico más popular del instituto. El siguiente paso es darle una ración de indiferencia, hablando con cualquier otra chavala que se cruce en su camino. Eso nunca falla. Empiezan a diseñar el acercamiento cuando la voz de una vecina interrumpe indignada el cónclave con un callaos, coño, que queremos dormir. Tras un silencio tenso, Javi, el dueño de la casa, perdone señora, ya hablamos más bajo. Qué coño más bajo, o paráis o llamo a la policía. Eh, señora, tampoco se pase que estoy en mi casa. Cómo que en tu casa si eres un mocoso, se van tus padres y mira la que liais. La señora cada vez grita más y está más histérica. Uno de ellos, cuyo nombre desconozco, señora no grite, que va a despertar a los vecinos. Los chavales y yo nos descojonamos al unísono de la ocurrencia mientras la cotorra pierde totalmente los estribos lanzando improperios cada vez más gordos cuanto más gordo es el descojone del personal.

Me levanto y miro por la ventana. Ya son unos cuantos vecinos los que desde sus balcones miran la escena divertidos. Descuelgo el teléfono y llamo a la policía. Les informo de que una señora se ha vuelto loca y no para de gritar e insultar a los vecinos como una posesa. Me dicen que ahora envían a un patrulla. Salgo a la terraza y la pelea sigue. Enciendo un cigarrillo, me acodo en la barandilla y me dedico a disfrutar del espectáculo esperando que llegue la traca final. Esto es mucho mejor que contar grietas.

jueves, junio 18, 2009

Liturgias dominicales

Mi nevera está en los huesos. Una botella de limocello, seis latas de cerveza y un bote gigante de olivas con hueso salpican su desolada blancura. En la despensa sólo hay un paquete de pan de molde duro y verde. Si amigos, esta es la vida del soltero.

O sea que un domingo de resaca no hay quien coma. Y hay muchos domingos de resaca. Más que domingos. Así que tengo por costumbre, cuando la resaca lo permite, que mi estómago es un cabrón y las más veces me deja doblado pidiendo la eutanasia, decía que cuando la resaca me lo permite, bajo a una tienda de platos cocinados que hay debajo de mi casa y me compro una ración de macarrones gratinados. No sé por qué pero siempre pido eso, macarrones gratinados de la tienda de platos cocinados de debajo de mi casa = comida de resaca, debe ser uno de los axiomas de la vida.

Pero no se crean que es fácil. El establecimiento está a petar de gente que va a comprar pollos a l'ast, que debe ser lo que come la gente los domingos que no tiene resaca, y entre el dolor de cabeza, el de barriga y la viejas pugnando por colarse a toda costa, conseguir el sustento se convierte en una hazaña.

Especialmente el domingo pasado. Estaba en la frontera de no bajar y quedarme en la cama agonizando, pero al final me dije oye tú, espabila que luego por la noche te entra un hambre del demonio y la tienda ya ha cerrado. Así que me armé de valor y bajé. Sin darme cuenta me vi rodeado de tres viejas que me marcaban de cerca como si yo fuera Messi, con su olor a vieja, sus codos colgantes de vieja que se te clavan en las costillas cuando estás en una cola, sus voces temblorosas de vieja que hablan como si no te estuvieran intentando joder el sitio. Debo decir que una de las tres estaba con justicia delante mío. Cuando le llegó el turno, después de un cuarto de hora de esperar, se decidió a pensarse lo que quería, ay nena, qué me recomiendas hoy, vale pues ponme ensaladilla, y unas patatas fritas, la ensaladilla puede ser sin mayonesa, ay pues no me la pongas, prefiero unas albóndigas, uy no, que van con calamares, hoy el pollo te sale bueno o está seco como la semana pasada. Mientras escuchaba esta salmodia, las otras dos viejas me atacaban una por cada flanco intentando ganarme la posición con maniobras de distracción de estilo, perdona joven, me dejas ver la vitrina, o vigila que me estás pisando. Son unas maestras.

Cuando por fin llegó mi turno y pedí mis habituales macarrones gratinados, las viejas aún me presionaban sin aceptar su derrota. Yo a esas alturas ya estaba mareado y sudando la gota gorda, haciendo los ejercicios que me enseñaron en las clases de parto sin dolor. Harto, decidí que había llegado la hora de utilizar mi arma secreta. La utilizo sólo en contadas ocasiones, cuando no puedo soportar más a la gente y necesito un poco de espacio a mi alrededor. Cogí aire y cuando me disponía a entonar a voz en grito la primera estrofa del himno de Italia, frateeelli d'Italiaaaa, me vino una arcada monumental y no pude reprimir la vomitona. Eché hasta el último resto de la cena de la noche anterior. La cosa funcionó ya que la gente hizo un corro entorno a mi y por fin pude respirar un poco. Una de las viejas, sin embargo, examinaba con curiosidad la papas que salpicaban todo el mostrador. Oye joven, me dice la tía, ¿si ayer cenaste macarrones por qué hoy pides lo mismo para comer? Y después se preguntan por qué odio a las viejas.

viernes, mayo 29, 2009

Justicia divina


Se lo merecen. Y mira que yo no me suelo alegrar con las desgracias ajenas, pero esta vez por Tutatis que se lo merecen. Resulta que vivo en una finca en la que los vecinos son adictos a las derramas, que si ascensor nuevo, que si pintar la escalera, que si poner portero automático de ultimísima generación. Así que cada dos por tres, derrama que te crió, y eso que no dan el perfil, ya que la inmensa mayoría son viejos que deberían estar más ocupados en contar los céntimos de su pensión que en provocar dispendios innecesarios.

El último atraco fue el de la puerta de la escalera, un puerta de puta madre que jamás dio ningún problema, pero a la que los viejos, en pleno mono de derrama, acusaron de peligro público número uno. Que si cuando sopla viento del norte la puerta no cierra del todo, que si el viento es de noroeste se queda abierta de par en par, ¿cómo saben tanto de vientos los viejos?, que si yo tengo miedo de los negros, que si en el barrio hay muchos negros, que como se nos meta un negro y igual nos cocina en una marmita. La única que se opuso fue mi vecinita morena, la de las medias de rejilla y los tacones de aguja, el único ser de la escalera que parece razonable además de adorable. Ni tan siquiera fue una oposición frontal, tan solo un discreto ¿no podemos acabar de pagar el ascensor antes de ponernos con la puerta? que provocó la ira abisal de la horda de carcamales que la recriminaron con saña que la seguridad es lo primero y más cosas del estilo. Deben guardar los billetes en un calcetín.

Ayer pusieron la puerta, una puerta segurísima, que nunca se queda abierta sople de donde sople el viento, y que pesa como un muerto. Me acercaba por el otro lado de la acera y vi a la vieja temerosa de negros luchar denodadamente con semejante armatoste, por supuesto sin éxito. Ni esta vieja ni la mayoría del resto de vecinos tienen fuerza suficiente para abrir la puerta sin perder el resuello. Yo, en vez de acercarme y ayudarla, me senté en la puerta del colegio que hay delante de mi casa y me dediqué a disfrutar del espectáculo. Cinco minutos después, con la vieja en plena refriega, paso por su lado un negro que amablemente le ayudó a vencer al pesado portón. La cara de la vieja temerosa de negros reflejaba un espanto claramente superior a la satisfacción que le hubiera debido producir el poder entrar por fin en su castillo. Cuando por fin se recuperó un poco, revisó el bolso y se fue hacia el ascensor.

Voy a intentar llegar a casa cada día sobre esa misma hora, a ver si hay suerte y me topo con más espectáculos semejantes. Disfrutar de ellos bien merece una buena derrama.

viernes, mayo 15, 2009

Divagando

Nada, que no hay manera. Se me está quedando el culo frío. Quien me mandaría a mí gastarme todo el dinero en el equipo de proyección, el de sonido y la nevera. Total para ver con los amigos cuatro partidos al año y que me dejen la casa hecha un asco, los cabrones, que como a ellos la mierda se la limpia su mujer, pues no miran nada, que si tiran la cerveza, pues la tiran, que si la ceniza va al suelo, pues de ahí no pasa, y al final todo el salón pegajoso para que yo lo limpie. Por no hablar del lavabo, que ahora entiendo a las mujeres con eso de apuntar bien al mear, que después de la horda hay que entrar en el baño con botas de agua. Claro que controlar el chorro no es nada fácil. Nunca se sabe a priori cual va a ser su dirección, así que para no hacer ningún estropicio lo mejor es sentarse. La próxima vez pondré una norma, el que quiera mear a sentarse, porque limpiar cerveza es una cosa pero limpiar sus meaos, por ahí si que no paso. O sea que tanta tecnología audiovisual y yo sin calefacción, que no me llegó la pasta, sólo con una triste estufa que, claro, calienta lo que calienta, y cuando uno entra en el lavabo y se pasa un rato, pues eso, el culo frío. Y no se qué hago leyendo porque hace tres páginas que no me entero de nada. Más que no enterarme no le presto atención a las palabras, ya que con el libro éste sigo por amor propio, porque no existe libro que me haya vencido. Bueno sí, el Quijote, y por dos veces. Alguna debilidad tenía que tener, hasta Aquiles tenía un punto flaco. Pues eso, que al amigo Joyce no hay quien lo entienda, ale, así, sin puntos ni comas ni nada, vomitando lo primero que se le ocurre. Ostias, que gracia cuando Argüelles me contó que él lo había tirado contra la pared. Jódete Argüelles, que yo lo acabo aunque no me entere de nada. Además, con la de tiempo que me paso en el lavabo algo tendré que hacer para entretenerme. Argüelles, quien iba a decir que acabaría escribiendo estudios comparativos sobre el Ulises de Joyce sin haberlo leído. La verdad siempre estuvo un poco pirado, pensando en tipos que viven en los enchufes y rollos de esos. Nada que no. H&S Mentol. Aqua, Sodium Laureth Sulfate, Sodium Lauryl Sulfate, Cocamide MEA, Zinc Carbonate... Si que es verdad que refresca. Ahora como se te meta en los ojos lo tienes claro, pica como una mala cosa. Y ahora, en invierno y sin calefacción no apetece mucho el frescor. Luego bajo al Condis, me compro otro y éste lo dejo para el verano. O mejor me paso por la farmacia porque los H&S, aunque quitan la caspa, me dejan el pelo muy reseco. Ojalá que no esté la farmacéutica aquella. Desde que le compré todo el kit de productos Durex, con sus condones retardantes, su lubricante, su anillo vibrador, me da como cosa mirarla a la cara. Si supiera que todo se me ha caducado. Esto de vivir sólo prometía mucho pero al final a dos velas como siempre. Menos mal que me he traído el teléfono al lavabo. Sí. Aquí, perdiendo el tiempo. ¿Y quien juega?¿A qué hora? Vale, pero traed cerveza que me queda poca. A mi cómprame San Miguel 1516. Con seis supongo que tendré suficiente, a no ser que vengáis con ganas de liarla. Oye, una cosa, cuándo vayáis al lavabo... No, nada, nada, mariconadas mías. Ale. Ya se me ha dormido la pierna. Un día me voy a cascar el pie dándole patadas al bidé para reanimarla. Nada, que no. Me rindo. A ver si con las cervecitas de esta noche se desatasca un poco la cosa, porque lo que está claro es que el Special K ese es un timo como un castillo.

jueves, mayo 07, 2009

Presentes

Si fuera sincero debería decir que los hijos de mi amigos me molestan, pero claro, eso, según opinión popular, sería una cafrada digna del peor de los cafres. Así que no lo digo y en paz. Lo diga o no lo diga, la realidad es que en contadas ocasiones voy a visitar a los recién nacidos, y en mi descargo debo decir que siempre que he ido ha sido porque las circunstancias obligaban o porque mi mujer me había amenazado con explicar mi secreto a los cuatro vientos.

Lo que seguro que no he hecho jamás es comprarle un regalito al crío. Eso si, no soy tan desalmado como para presentarme en el lugar del crimen con las manos vacías. Así que pensando en los padres, en el infierno que les espera hasta que logren echar al parásito de su casa, en ayudarles a sobrellevar ese viacrucis, siempre aparezco con una botella de licor, de buen licor, del que sé que gusta a los progenitores porque, no nos engañemos, si son amigos míos les gusta el licor.

Siempre, siempre, este detalle ha sido celebrado con algarabía por los homenajeados, hartos de tanto trajecito talla mini que el niño nunca se pondrá, pero nunca sucedió nada parecido a lo de Cesáreo. Esta vez la visita no fue causada por una amenaza de mi mujer sino porque la cena anual de gilipollas se celebraba ese fin de semana en Madrid, en territorio de Cesáreo, la semana en que nació la hija de Cesáreo. Así que nos presentamos en su casa con una botella de London que agradeció con efusivos besos y abrazos, y con unos gintonics cargaditos con el aliño de la recién desvirgada botella. Henchidos de euforia, no hay nada que una más que los gintonics de antes de cenar, dejamos a su mujer en la puerta con cara de claro que no me importa que te vayas a cenar con tus amigotes dejándonos aquí a tu hija recién nacida y a mí, pero ya hablaremos mañana, y empezó la noche en la que Cesáreo batió el récord mundial de ingesta de gintonics. Muy en su línea, le dio por intentar tocar el paquete a todos los desconocidos con que se cruzaba, ya fuera en la calle o en un bar, lo que nos obligó al resto a actuar como los guardaespaldas de un Figo cualquier paseando por las Ramblas. Al final, cuando empezó a mear en la pierna del tipo más alto que encontró, no pudimos contener a la jauría de machos con la hombría mancillada, lo arrinconaron contra una esquina del último bar y le dieron una buena ración de hostias. Hartos de él lo metimos en un taxi con una patada con rosca y seguimos la noche ya sin tener que guardar las espaldas a nadie.

Desde que vi aliviado como se alejaba el taxi no he vuelto a saber de él. Le he llamado, le he enviado mails, hasta palomas mensajeras, pero nada, no hay rastro. Me temo que lo hemos perdido por mucho tiempo, y seguro que las culpas recaerán sobre mí. Ya mis amigos me reprendieron al día siguiente, que ya me valía con la puta botellita, que si no sabía que los gintonics de antes de cenar son muy traicioneros. Pero la que no me perdona seguro es su mujer. Ya cuando entré en su casa con la botella en la mano su mirada me advirtió que pasase lo que pasase la culpa sería mía. Las mujeres de mis amigos siempre me culpan de todo a mi.

domingo, abril 26, 2009

Contigo en la distancia


La primera luz de la mañana entra a través de las rendijas de la persiana mientras yo, sentado en la cama, apoyada la espalda en el cabezal, invento figuritas de humo con el cigarro de después del polvo, esta vez sin polvo. Su portazo de despedida ha sido el último sonido que ha perturbado las melodías de mi disco favorito de boleros.

Si me quedaba alguna esperanza de entender a las mujeres, y no soy tan iluso como para que me quedara alguna, pero si aun así me quedara alguna esperanza enterrada por allá abajo, debajo del subconsciente, donde se amontonan desde hace tiempo los casos que di por perdidos, hoy se ha esfumado.

En el bar apliqué la receta habitual, alabando su ojos verdes si los tenía negros o sus ojos negros si los tenía verdes, loando ese tinte picaron que le daba a su boca ese lunar, siempre que no hubiera lunar, agradeciendo que no hubiera cedido a esa absurda moda por la que las mujeres tienen que conseguir ser cada vez más escuálidas. Ella me miraba divertida mientras le soltaba mi colección de tópicos políticamente incorrectos, que si el amor es un invento de los americanos para vendernos sus comedias románticas, que mejor vivir solo que bien acompañado, que ya había bastantes niños en el mundo como para contribuir a su destrucción procreando más, que si el día más decisivo de mi vida fue cuando me probé por primera vez unas braguitas, descubrí que eran mucho más confortables que los calzoncillos y ya nunca más dejé de usarlas. La expresión de su cara me decía que sí, que ya sabía que todo esto no eran más que las chorradas que le soltaba habitualmente a cualquier incauta que se prestase, pero que le habían hecho gracia y que me iba a hacer la pregunta que le tocaba hacer. ¿Y ahora mismo llevas bragas? Si te vienes a mi casa te las enseño. Voy a por la chaqueta.

Subimos en silencio en el ascensor. Entramos en silencio en mi casa y en silencio puse mi disco favorito de boleros. Nos empezamos a besar en silencio, de pie en el salón. En silencio nos arrancamos la ropa hasta que solo nos quedaron puestos, tanto a ella como a mi, los pantalones. Un ¿nos quitamos las bragas? rompió el silencio y divertida empezó a desabrocharme el cinturón mientras yo hacía lo propio con el suyo. Cuando los pantalones cayeron al suelo no pude reprimir la risa. A ella no le hizo tanta gracia que llevásemos el mismo modelo de braguitas del Zara. Noté en su mirada que reprimía un bofetón. Se vistió a toda prisa y se fue. El portazo de despedida fue su primera y última palabra desde que salimos del bar.

Y ahora invento figuritas de humo con otro cigarro de después del polvo, esta vez sin polvo, mientras la segunda luz de la mañana entra a través las rendijas de la persiana, mientras Mayte Martín y Tete Montoliu me regalan contigo en la distancia, mientras aparecen los primeros indicios de resaca, mientras acaricio el suave tacto de mis braguitas del Zara.

sábado, abril 18, 2009

Cuestión de edad


Sí, puede decirse que el tiempo no me ha tratado mal. A mis casi cuarenta sigo teniendo la cara de niño de siempre, la mala salud de siempre, la inmadurez de siempre. Es de lo que me siento más agradecido, seguir siendo igual de gilipollas que el primer día, desoyendo los consejos y lecciones de los apóstoles de la madurez.

Sin embargo, me doy cuenta de que la cuesta abajo ha empezado y de que voy sin frenos. Infinidad de signos me avisan de la caída mientras yo rezo por que sea rápida, limpia y deje un bonito cadáver. La duración de las resacas fue lo primero que noté, luego vino la predicción meteorológica, ese dolerme aquí cuando va a cambiar el tiempo, y por fin, lo que más me inquieta, la proliferación exponencial, tanto en cantidad como en tamaño, de las pelotillas del ombligo.

No alcanzo a comprender la razón de este fenómeno. Y me digo que si cada día soy más peludo, que si cada día tengo más barriga, que si cada día me hurgo más el ombligo. Y es verdad que mis explotaciones umbilicales son cada vez más frecuentes, debido supongo a la psicosis, y es verdad que en casi cada exploración encuentro una pelotilla esperándome. Tan fuera de control está el tema que se me puede seguir la pista siguiendo el rastro de pelotillas que voy dejando. El suelo de mi casa parece el de un piojoso pueblo del far west con sede en Almería.

Desorientado por este érase un hombre a una pelotilla pegado, no supe que hacer con semejante quilombo hasta que ayer por la noche me vino a la mente, como una anunciación, la imagen canosa de mi amiga la Comadreja. La Comadreja me aventaja en años y en sabiduría. A él también le asaltó un buen día el efecto pelotilla y decidió, sabiamente en mi opinión, guardarlas en un bote en el lavabo, al lado del cepillo de dientes. Y dirán muchos de ustedes pues vaya chorrada, y eso para qué sirve. ¿Por qué tiene que servir todo para algo? ¿No entienden que la Comadreja también es gilipollas? ¡No me salgan con eso a estas alturas, por favor!

He decidido seguir el ejemplo de mis mayores y almacenar mis pelotillas del ombligo en un bote, pero a diferencia de la Comadreja, yo sí tengo un destino final para ellas. Si un día tengo un hijo, dios no lo quiera, le tejeré con ellas sus primeros patucos. Si es que soy un sentimental.

martes, febrero 10, 2009

Plagas


¡Que ya sé de qué se murió tu hermano! Y mientras pronunciaba estas palabras intentaba recuperar el resuello. La carrera que se había dado para comunicar a Toni el notición lo había dejado sin aliento. Acababa de oírlo en la radio, en el noticiario, mientras comía con su madre en la cocina. Cada día tres mil personas mueren de paludismo en Africa. La idea se formó rápidamente en su mente y sintió que debía informar cuanto antes a su amigo. Acabó a toda prisa los macarrones y, sin reclamar el postre, cogió la cartera y salió volando con un portazo hacía el descampado donde Toni y él se juntaban cada día, antes y después de las clases de la tarde, para jugar a las canicas o al fútbol con una pelota de tenis. El portazo no apagó del todo el grito de su madre ¡El postre!

Ahora se encontraba de rodillas en el barrizal que esa tarde era la explanada, respirando hondo y oyendo las recriminaciones de Toni, no lo saben los médicos lo vas a saber tú. Las frases siguientes se sucedieron como una exhalación, sin dar tiempo a que el silencio se colase entre ellas, un interrogatorio a través del que Toni debía darse cuenta de la verdad.

- ¿Dónde hizo tu hermano la mili?
- En Melilla.
- ¿Y dónde está Melilla?
- En España.
- Vale, ¿en qué continente?
- Ah, en África.
- ¿Tu hermano era muy peludo?
- Mucho.
- Mucho cuánto.
- Mucho, cada día más. Tenía pelos en el pecho, en la espalda, en las orejas. Cada día en más sitios.
- ¿Sabes cual es la enfermedad que mata más gente en África?
- El hambre.
- Vale, la segunda.
- No sé.
- ¡El peludismo!

Vio la cara de Toni petrificada, con los ojos muy abiertos mirándolo fijamente. Acababa de comprender. Se levantó del suelo y mientras se limpiaba el barro de las rodillas notó como una ola de frío repentino le congelaba la columna, todos los huesos, las lágrimas. Acababa de recordar que Martín, su hermano, también era muy peludo.

*

Días más tarde, toda la familia, madre, hermano y él, escuchaban con ansia el sorteo de los destinos del servicio militar. En el bombo de ese año rodaba el nombre de Martín. El más nervioso de todos era él y Martín lo había notado. No pongas esa cara enano, que durante un año y medio vas a tener la habitación para ti sólo. La sonrisa de cortesía se le congeló también antes de nacer. Cuando el sorteo dictó que el destino sería Santiago de Compostela, la madre y Martín se miraron con cara de fastidio mientras que él salto instantáneamente al cuello de su hermano y, con todas las lágrimas acumuladas por fin en estado líquido, empezó ametrallarle a besos. Joder con el enano, se alegra de que me envíen al culo del mundo. Podría haber sido peor, podrían haberte enviado a África como a tu padre, en paz descanse, dijo la madre. Y es que eso también lo cargaba él en su angustia. Su padre, como su hermano, como el hermano de Toni, siempre fue muy peludo.

*

Hacía ya tres meses que Martín estaba en Santiago. Era febrero y los viejos decían que hacía cincuenta años que no había tanto frío en Barcelona. Toni jugaba en el descampado a dar cien toques a la pelota de tenis sin que cayese al suelo. Él se acercó caminando despacio y con los ojos clavados en el suelo. ¿Qué te pasa?, dijo Toni cuando llego a su altura. Sin contestar se descolgó la cartera, se quitó la bufanda, el abrigo, el jersey de lana que le había hecho la abuela, lo había acabado la semana pasada y ya le iba pequeño, la camiseta de cuello alto y la camiseta de tirantes. Con la piel de gallina a causa del frío, levantó el brazo por encima de la cabeza. Vio la cara de Toni petrificada, con los ojos muy abiertos mirándolo fijamente. En su axila siete pelos bravucones se retorcían luchando contra el viento.