Ya nadie me habla de otra cosa. Que por qué lo hago, que si no me da miedo, que qué pasa con el trabajo, que si te admiro, que si qué huevos, que si ay que tu no vuelves, que si joder, qué suerte tienes. Y yo me escucho hablando de la puta rutina, de la perra inercia que te arrastra a seguir igual, siempre igual, de tirar palante sin mirar atrás, de por qué coño malgastas la vida haciendo algo que no te gusta. Y me escucho hablando en serio, constantemente en serio. Y a mi no me gusta hablar en serio. Odio hablar en serio. Prefiero que me extirpen las cuerdas vocales a hablar en serio. Yo amo las chorradas. Vivo para las chorradas. Soy una chorrada.
Menos mal que el pasado sábado, para qué están los amigos, Guti y Susana, no los busquen, éstos no son sus verdaderos nombres, al calor de unas copas de pacharán, me revelaron un secreto que acabará de un plumazo con mi conversaciones serias. Que retornará mi vida a la senda chorra, de la que nunca debió salir.
Jesús Gil está vivo. Pero no como Elvis o Marilyn, no. Vivo, vivo. La noticia de su muerte no fue más que una mascarada para sortear sus problemas con la justicia. Se conoce de buena tinta que ahora está establecido en un país centroamericano, viviendo de las rentas, criando caballos y bañándose en un jacuzzi con señoritas de buen ver.
Así que si me encuentran no me pregunten por qué me voy de viaje, si no me da miedo perder lo que tengo, si no temo volver y tener que vivir de nuevo al trote cochinero. No me digan que me admiran, que me tienen envidia, que se cagan en mi puta madre. Todo hombre tiene una misión en la vida y la mía es encontrar a Jesús Gil allí donde esté. Encontrarlo y decirle que su secreto está a salvo conmigo. Y montar con él a un hijo de Imperioso. Y bañarme con él y sus amigas en un jacuzzi con vistas al Caribe. Y yo que no soy muy de jurar, juro, JURO, que lo encontraré. Y que se extingan las chorradas para siempre si no lo logro.








