viernes, abril 15, 2011
El último capricho del nene
Ya he hablado demasiadas veces, soy muy cansino, lo sé, de lo cambiante de mi carácter, de lo débil de mis voluntades, de lo efímero de mis promesas. Esa actitud mía, puede que más que actitud sea genética, me ha hecho saltar de rama en rama, de capricho en capricho, corriendo en zigzag y esperando que detrás de cada salto hubiera otra rama, quizás la última, a la que agarrarse.
En mi periplo he transitado por caprichos comunes en el universo de la gente de bien, como gastar las vacaciones viajando, salir de juerga aprovechando la más mínima excusa para poner a prueba la resistencia de mi hígado y las reservas de cerveza de los bares, sufrir las tremendas resacas, cada vez más tremendas, yo que soy tremendamente propenso a pagar los excesos de la noche anterior, robar tigretones en la colmado de la vieja de la esquina, escupir desde los balcones, mearme en los zapatos, ayudar a conductores perdidos enviándoles en dirección opuesta a su verdadero destino, hacerme pajas pensando en las compañeras de clase, en las compañeras del trabajo, en las compañeras del vagón del metro de esta mañana.
Otros caprichos, sin embargo, han sido más heterodoxos, saliéndose un poco del sendero aquel que tan cómodo no es a los rebaños. Hablo de ser árbitro de fútbol, de practicar artes marciales japoneses jugando con palos a modo de katanas, estudiar cuando ya has acabado de estudiar, ir al cole a aprender a escribir, a intentar aprender a escribir, hacer teatro, teatro en un teatro, quiero decir, enviarlo todo a la mierda e irme de viaje sin preocuparme de si hay mañana.
El último capricho del nene es bucear. Hizo un cursito de cuatro días y se ve que le gustó porque después hizo otro, y luego otro, y otro. Y luego hizo uno y ya podía trabajar como guía de buceo, y luego hizo otro y ya es instructor y te puede enseñar a bucear si tu quieres y le pagas. Y se instaló en Honduras, no sufran, mamás, no es para siempre, y ahora se dedica a entrenar a mochileros en sesiones low cost. Y, para rematar, va y le da por hacer fotos submarinas, él que nunca jamás se interesó ni un poquito por hacer fotos.
Así es el último capricho del nene. Uno más. Mirando hacia atrás, y dado mi historial, no hay peligro de que la obsesión vaya para largo. Esperaré resignado, pues, a que el último capricho del nene se convierta en el penúltimo, pero lo haré bajo el agua, que allí el cerebro, nitrógeno mediante, funciona a muchas menos revoluciones. Puede que así esta vez la cosa dure más.
PostCoitum: Mola la foto, ¡eh! La he hecho yo, con estas manitas.
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