jueves, diciembre 02, 2010

Historias de Nueva York

Autor: Enric González
Editorial: RBA

Debo reconocer que llegué al libro bastante entregado. Hace años que soy fan de Enric González y de sus crónicas en El País. Me llevé una gran decepción cuando abandonó su columna para ir como corresponsal del periódico a Israel, pero duró poco. Enseguida empezó a escribir un blog que llenó su propio vacío con cantidades aún más grandes de brillantez.

Así que, ante mi probable visita a Nueva York, que ahora ya no es tan probable, me hice traer de Barcelona, a mis visitantes por el mundo les hago pagar el peaje de venir cargados de libros, su Historias de Nueva York. Vamos a por él.

El título no engaña a nadie. Son capítulos cortos, defecto de fábrica del buen columnista, que explican historias de Nueva York, historias de la ciudad, historias en la ciudad, historias con la ciudad. Ya lo reconoce él en un pasaje del libro, su editor siempre se queja de lo escueto de sus escritos, pero él no sabe meter paja, le sale como le sale y no hay más. Ahí me siento un poco como él, yo que soy más de escribir cosas cortitas, a mi que antes de llegar al final de la hoja se me acaba la mecha.

Las páginas están pobladas de historias en primera persona, él ante la ciudad, él contra la ciudad, él y sus amigos disfrutando la ciudad. Las páginas están pobladas de historias en tercera persona, personalidades de la ciudad, equipos deportivos de la ciudad, restaurantes de la ciudad, relatos sobre la formación de la ciudad. Las páginas están pobladas de la ciudad, del carácter de la ciudad, de la esencia de la ciudad, de los aromas de la ciudad, del amor del autor por la ciudad.

Hacia el final del libro todo se va tiñendo de un tono nostalgia y amargura, hasta llegar la última página, donde te regala un nudo en la garganta. Te lo regala de forma sencilla, como escribe él, con sus palabras de siempre, sin añadir azúcar ni fuegos artificiales. Te lo regala sincero, dejándote entrever un mucho de su corazón. Qué mejor manera de acabar.

Puedes leerlo y salir para allá corriendo con una profunda admiración por la gran urbe amarrada en el pecho. Puedes leerlo y quedarte sentado, viviendo la misma admiración desde la distancia. Puedes no leerlo y quedarte tan pancho, mucha gente lo hace. Mucha gente se empeña una y otra vez en perderse las cosas buenas de la vida.