domingo, diciembre 26, 2010
Con la frente marchita
Cuando decidí dejar la mala vida también dejé la mala vida. No fue una decisión consciente. Simplemente pasó. Así, aparte de los vicios que me hicieron emigrar, el trabajo, la rutina, los horarios, el caerme mal a mi mismo; otros vicios de los que siempre gocé, la noche, el alcohol, los actos vandálicos, desaparecieron como por arte de magia.
Con solo pisar las tierras latinoamericanas me encontré acostándome a las ocho de la noche, considerando un exceso la tercera cerveza, bebiendo agua en las comidas y huyendo de los licores de alta graduación como de la peste. Nada de esto fue premeditado, sobrevino sin avisar. Quizás mi cuerpo me exigía la retirada después de años dándole candela. Quizás vivir boca abajo transformó mi metabolismo. Seguramente ni Punset conoce la razón. Simplemente pasó.
Hasta la otra noche. Hacía casi un año que había llegado al continente e iniciado mi vida monacal. Se celebraba una fiesta, aunque sería mejor decir un fiestón. Inconscientemente, cada vez tengo menos control sobre mis actos, empecé a tomar y a tomar, cerveza sobre cerveza y sobre cerveza una. Incluso me atreví con el ron, gran apestado durante mi etapa muerma. ¿Y por qué ahora? ¿Por qué de repente? Seguramente ni Punset conoce la razón. Simplemente pasó.
Y con el alcohol llegaron todos los clásicos, el baile del pollo, la danza del vientre, los ojos inyectados en sangre, la sociabilidad etílica, la botella de cerveza como guitarra, el paso del faraón, los pantalones por los tobillos; clásicos totalmente desconocidos en estas tierras hondureñas. Los que no me conocían me miraban divertidos. Los que me conocían ya no me conocían y me miraban asombrados. Mi mujer me miraba sonriendo mientras recordaba aquellos maravillosos años. Al final de la noche pedí un gintonic que dejé a medias, como siempre solía hacer con el último gintonic. Volví a casa dando tumbos y desperté con una resaca de mil demonios.
Ahora la gente me saluda por la calle, me dirigen la palabra como si yo fuera un tipo simpático, me guiñan el ojo y me dan golpecitos en la espalda.
La semana que viene hay otra fiesta, aunque sería mejor decir otro fiestón, y todos esperan mucho de mi. Yo tengo miedo. Tengo dudas. Temo las respuestas. ¿Habrá vuelto mi yo de siempre o fue solo una recaída pasajera? Si ha vuelto, ¿es hora de que yo también vuelva a casa? Por favor, que sea que no, por favor, que sea que no.
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3 comentarios:
Seguiremos con interés la próxima fiesta. Las resacas son mu malas, pero cuando empiezas con la cerveza ya no te acuerdas...No parece, por eso, que los viejos vicios tengan que enviarte a casa por Navidad..
Alberto.
Pues a mi el Javi fiestero de los 90 me gustaba, aunque fuera malo en todos los deportes (el deporte es claramente incompatible con la farra)
¿Y no será que has hecho de este destino temporal tu casa y como en tal te comportas?
Si es esto... no hace falta que vuelvas a casa, ¡ya estás en ella!
Es una idea, si no te gusta, tengo otras.
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